Hay carreras que se corren por tiempo.
Hay carreras que se corren por salud.
Y hay otras que se corren por algo mucho más grande que uno mismo.
Para mí, Kilómetros de Cambio fue una de esas experiencias.
Cuando me inscribí para participar, sabía que estaba apoyando una causa importante. Sabía que este movimiento existe para crear conciencia y recaudar fondos en beneficio de víctimas y sobrevivientes de violencia doméstica. Pero no imaginaba cuánto impacto tendría en mí vivirlo desde adentro.
Porque una vez llegas allí, te das cuenta de que esto no se trata únicamente de correr.
Se trata de personas.
De historias.
De heridas invisibles que muchas veces pasan desapercibidas.
Y de la valentía de quienes han tenido que reconstruir sus vidas después de atravesar situaciones inimaginables.
Durante el evento tuve la oportunidad de apoyar en los kilómetros 26 y 36. Mi rol era sencillo. No estaba allí como embajadora. No estaba representando oficialmente a la organización. Estaba allí como corredora y como persona comprometida con la causa.
Sin embargo, ocurrió algo curioso.
Varias personas asumieron que yo era embajadora.
Algunas se acercaban a hablarme como si ya formara parte oficial del movimiento. Otras me hacían preguntas relacionadas con la organización. Y aunque inicialmente me sorprendió, luego me hizo reflexionar.
¿Por qué tantas personas asumieron eso?
Y más importante aún…
¿Por qué esa idea resonó tanto conmigo?
Quizás porque no era la primera vez que algo así ocurría.
A lo largo de los años, muchas personas me han confiado historias relacionadas con la violencia doméstica. Historias difíciles. Historias dolorosas. Historias que no siempre se cuentan públicamente.
Conversaciones que llegaron sin yo buscarlas.
Confesiones que nacieron de la confianza.
Momentos donde simplemente me tocó escuchar.
Y mientras pensaba en todo eso durante Kilómetros de Cambio, una pregunta comenzó a rondar mi mente.
¿Será una coincidencia?
¿O será una invitación?
Porque hay momentos en la vida en los que ciertos temas parecen encontrarte una y otra vez.
No para perseguirte.
Sino para mostrarte dónde podrías hacer una diferencia.
Y eso me hizo pensar en algo que había dejado un poco atrás: mi voz.
Durante años he utilizado mi presencia para diferentes propósitos. Como modelo. Como comunicadora. Como atleta. Como profesional.
Pero quizás hay momentos en los que la vida te pide dar un paso más adelante.
No solo estar presente.
No solo apoyar desde la distancia.
Sino utilizar tu voz de manera más activa.
Más intencional.
Más visible.
No tengo la respuesta todavía.
No sé si algún día seré embajadora de este movimiento.
No sé si ese será el próximo capítulo de mi historia.
Pero sí sé que esta experiencia me dejó reflexionando sobre la responsabilidad que tenemos cuando contamos con una plataforma, sin importar cuán grande o pequeña sea.
Porque a veces creemos que el impacto requiere millones de seguidores.
Y la realidad es que muchas veces basta con una conversación.
Con escuchar.
Con acompañar.
Con atrevernos a hablar de temas que incomodan, pero que necesitan ser visibilizados.
Kilómetros de Cambio me recordó precisamente eso.
Que hay causas que trascienden cualquier meta deportiva.
Que hay carreras que no terminan cuando cruzas la meta.
Y que algunas de las contribuciones más importantes que hacemos en la vida no se miden en kilómetros recorridos, sino en las vidas que logramos tocar en el camino.
Y ahora te dejo con esto…
¿Hay alguna causa que te sigue encontrando una y otra vez?
¿Has considerado que quizás no es casualidad?
¿Y qué pasaría si aquello que constantemente llega a tu vida es precisamente el lugar donde estás llamada a hacer una diferencia?
Tal vez la respuesta no sea correr más rápido.
Tal vez la respuesta sea atreverte a dar un paso al frente.